He recibido la sentencia. Demanda desestimada.
Y el mensaje que deja mi caso es tan claro como preocupante: trabajar te puede salir caro.
No estamos ante un caso aislado. Es cierto que se han ganado algunos procedimientos relacionados con el Ingreso Mínimo Vital (IMV), pero también está quedando algo cada vez más evidente: cuando el aumento de ingresos procede del trabajo, el criterio que se está aplicando es mucho más restrictivo. Traducido a un lenguaje que cualquiera pueda entender: trabajar no siempre te protege; en ocasiones termina perjudicándote. Por eso quiero decir algo sin rodeos.
Si has cobrado el IMV y después has empezado a trabajar, es posible que acabes teniendo que devolver parte de la prestación. Y en muchos casos, acudir a los tribunales no cambia ese resultado.
No es una opinión. Es lo que está ocurriendo.
Por eso, si ya te han reclamado una deuda, quizá lo más prudente sea solicitar un fraccionamiento cuanto antes para evitar problemas mayores.
Mi caso no es el peor, pero demuestra el problema
Durante la emergencia volcánica trabajé once meses. Mi sueldo apenas alcanzaba el Salario Mínimo Interprofesional y el IMV que percibía era un pequeño complemento de unos 106 euros mensuales.
Cumplí con todo.
Comuniqué mis ingresos.
Informé a la Seguridad Social.
Hice exactamente lo que la Administración exige que haga cualquier ciudadano.
No sirvió.
Hoy tengo que devolver ese dinero.
En términos reales, uno de aquellos once meses que trabajé habrá sido únicamente para devolver una deuda que nunca imaginé que se generaría. Y entonces surge una pregunta inevitable:
¿Qué se está castigando realmente?
Porque yo no oculté información.
No engañé a la Administración.
No incumplí ninguna obligación.
Lo único que hice fue trabajar.
Lo que la sentencia no cuenta
Hay una parte de esta historia que no aparece en la sentencia.
Cuando acepté aquellos contratos temporales ya convivía desde hacía años con una discapacidad que hoy está reconocida oficialmente con un grado del 47%.
Ya tenía una vértebra desplazada, un disco abombado, sordera moderada y necesitaba utilizar una faja lumbar.
A pesar de todo ello, acepté trabajar. Lo hice durante la pandemia en los colegios. Lo hice durante la emergencia volcánica, cogiendo una guataca, adaptando una pala de jardín para poder manejarla mejor y retirando ceniza como podía.
No porque estuviera en condiciones físicas de hacerlo. Lo hice porque no tenía otra alternativa. Mis ingresos eran exactamente cero. Necesitaba trabajar para poder vivir.
Durante aquel tiempo también soporté situaciones laborales muy difíciles. Llegué a solicitar un traslado porque las presiones que estaba sufriendo hacían prácticamente imposible trabajar con normalidad. Finalmente fui destinada a otro centro distinto del que había solicitado, pero acepté aquel cambio porque cualquier destino era preferible a continuar soportando aquella situación.
Además, ninguno de aquellos contratos temporales estaba realmente adaptado a mis limitaciones físicas ni al enorme desgaste físico y emocional que llevaba acumulando.
Aun así, cumplí. Trabajé. Saqué adelante el trabajo.
Y hoy, después de todo ese esfuerzo, el resultado es una deuda.
Una reflexión que va más allá de mi caso
Cuando miro atrás me hago una pregunta muy sencilla:
¿Mereció la pena aceptar aquellos contratos?
La respuesta, al menos en mi caso, es no.
No compensó económicamente.
No compensó físicamente.
Y tampoco compensó emocionalmente.
Trabajé cuando mi cuerpo apenas podía hacerlo.
Trabajé porque necesitaba ingresos.
Trabajé creyendo que hacer las cosas bien tendría recompensa.
La realidad ha sido muy distinta.
El contexto también importa
Soy de Los Llanos de Aridane y durante años he visto cómo muchas personas accedían a determinados puestos por caminos que poco tenían que ver con los principios de igualdad, mérito y capacidad que deben regir el acceso al empleo público.
Mientras unos encontraban oportunidades gracias a decisiones administrativas discutibles, otros solo podíamos aspirar a aceptar cualquier contrato temporal que apareciera, aunque nuestras condiciones físicas no fueran las adecuadas.
Yo nunca he tenido padrinos. Nunca he pedido privilegios. Solo he intentado salir adelante trabajando. Y precisamente por trabajar, hoy tengo una deuda.
El mensaje que deja esta sentencia
Esta historia no trata únicamente de mi caso. Tampoco trata únicamente del Ingreso Mínimo Vital.
Habla del mensaje que recibe cualquier persona vulnerable que intenta incorporarse al mercado laboral. Un mensaje que dice que cumplir puede no ser suficiente. Que trabajar puede no ser suficiente. Y que, en determinadas circunstancias, el propio sistema termina penalizando precisamente a quien intenta dejar de depender de una ayuda pública.
Mientras tanto, seguimos escuchando promesas y discursos sobre la protección de las personas más vulnerables. Sin embargo, muchas de esas personas continúan encontrándose con una realidad muy distinta cuando intentan salir adelante por sus propios medios.
No escribo estas líneas para dar pena. Las escribo para que quien hoy esté cobrando el IMV disponga de toda la información antes de aceptar un contrato temporal. Porque a mí nadie me advirtió. Y quizá, si alguien me hubiera explicado las consecuencias reales, habría tomado otra decisión. Ojalá mi experiencia sirva para que otras personas puedan decidir con pleno conocimiento de lo que puede ocurrir. Porque trabajar nunca debería convertirse en el motivo por el que una persona termine endeudándose.
Hoy solo me queda un deseo: no tener que volver a mendigar un contrato temporal en el Ayuntamiento jamás. Porque trabajar con dolor, con limitaciones físicas y por pura necesidad económica ya fue suficientemente duro como para terminar, además, pagando una deuda por haberlo hecho.
Nunca más.
Redacción del Colectivo IMV Afectados y Afectadas

Comentarios
Publicar un comentario