CARTA A MI PADRE FACHA
Querido padre:
Durante muchos años hemos chocado en ideas políticas. Tú querías que siguiera tus pasos y que mi voto fuese para la derecha. Yo no lo veía así. No quería volver a vivir en una España donde las mujeres dependieran de otros para todo. Yo quería libertad. Quería poder tener una cuenta bancaria a mi nombre, trabajar, tener una profesión como la tuya, tomar mis propias decisiones y construir mi vida sin pedir permiso.
Por eso voté durante tantos años al PSOE. Y no lo hice por llevarte la contraria. Lo hice porque de verdad creía que era lo correcto.
Pero la vida… la vida termina enseñándonos cosas que no aparecen en ningún programa político.
Con el paso de los años he visto a muchas mujeres quedarse solas, abandonadas, criando hijos sin ayuda, sin respaldo y sin nadie detrás. Y entonces comprendí algo que nunca había querido mirar de frente: yo sí tenía a alguien.
Te tenía a ti.
Y no te he valorado lo suficiente.
Cuando me vi sola, perdida, sin trabajo y sintiendo que no podía sacar adelante a mis hijos, tú estabas ahí. Nos abriste la puerta de tu casa sin preguntar, sin reproches y sin condiciones.
Nunca recibí ni un céntimo de manutención para sacar adelante a mis hijos. Pero ahí estabas tú, llenando el coche de nietos cada mañana para llevarlos al colegio uno por uno. Y luego volviendo a recogerlos.
Cuando por fin conseguí empezar a trabajar, eras tú quien iba a buscarme a las once o a las doce de la noche porque no había transporte público y no querías que volviera sola.
Nunca me impediste trabajar en nada. Nunca me dijiste “de eso no”. Si tocaba limpiar, limpiaba. Si tocaba luchar, luchaba. Y tú siempre estabas detrás, sosteniendo lo que nadie veía.
También fuiste tolerante incluso cuando yo insistía en aportar dinero a casa porque sentía que no era justo que un solo hombre cargara con todo el peso de la economía familiar. Yo quería ayudarte porque, aunque muchas veces discutíamos de política, jamás he sido ciega al sacrificio que has hecho por nosotros.
Con los años decidí vivir mi vida a mi manera. Equivocarme yo. Aprender yo. Caer yo.
Y aun así… tú nunca dejaste de estar.
Ahora veo cada día en los medios corrupción, mentiras, intereses y luchas de poder. Un día y otro también. Y a veces pienso que quizás tenías razón cuando me decías que algún día me sentiría engañada.
La vida ya no es como en los años ochenta.
Hoy vivimos en un tiempo extraño. Un tiempo donde decir que quiero y respeto a mi padre, aunque piense distinto que yo, puede convertirte automáticamente en sospechosa para unos y traidora para otros.
Si digo que te quiero, algunos me llamarán facha.
Si defiendo ciertas causas sociales, otros me llamarán roja.
Y mientras unos y otros se insultan entre sí, yo solo veo a mi padre.
El hombre que me sostuvo cuando me caía.
El abuelo que nunca abandonó a sus nietos.
El hombre que, teniendo ideas completamente distintas a las mías, jamás intentó romperme para convertirme en alguien diferente.
Y eso también es democracia.
Sé que hay muchas familias que piensan como tú. Familias humildes, muchas veces sin ingresos, viviendo en la pobreza más absoluta. Familias que ahora están recibiendo reclamaciones de miles de euros por el Ingreso Mínimo Vital, con recargos imposibles, como si la miseria pudiera devolverse a plazos.
Y en esta lucha no pienso dejar a nadie atrás.
Me da igual si quien sufre es “facha, fecha o ficha”.
Voy a hablar con quien haga falta.
Voy a sentarme donde tenga que sentarme.
Voy a defender a quien necesite ser defendido.
Porque el hambre no pregunta a quién votas.
La desesperación tampoco.
Y si algún día desde ciertos sectores me hacen el vacío por negarme a odiar al que piensa distinto, entonces entenderé que ha llegado el momento de apartarme.
Porque yo no quiero convertirme en aquello contra lo que siempre luché.
La situación es curiosa.
Los “fachas” me llaman roja.
Los “rojos” me llaman facha.
Y quizá eso solo significa que sigo siendo libre.
Porque no pertenezco a ningún extremo.
Solo pertenezco a mi conciencia.
Y mientras muchos intentan convencer, imponer o señalar, tú haces algo mucho más difícil: respetar.
Tú no me obligas.
No me presionas.
No intentas “abrirme los ojos”.
Simplemente me dejas ser.
Y yo voy a hacer lo mismo contigo.
No voy a interferir en tus ideas ni en tu manera de ver la vida.
Pero sí quiero que sepas algo antes de que sea tarde:
Te debo mucho más de lo que he sabido reconocer.
Te debo el refugio.
La ayuda.
La paciencia.
La dignidad.
Y el amor silencioso de un padre que nunca abandonó a su hija aunque pensara distinto que él.
Por todo eso…
gracias.
Te quiero, papi facha.
Ana Hernández

Comentarios
Publicar un comentario