La situación de Venezuela suele abordarse desde relatos simplificados que reducen un país complejo a una lucha entre dictadura y libertad, corrupción y justicia, socialismo y capitalismo. Sin embargo, estas narrativas suelen ocultar una pregunta fundamental: ¿Qué ocurrirá con la población empobrecida cuando los grandes actores internacionales entren en escena?
A Donald Trump no le importa Venezuela ni el bienestar del pueblo venezolano. Su interés es económico y geopolítico. Venezuela es un país con enormes recursos naturales, y el objetivo principal de su intervención es recuperar el control de esa riqueza y devolver a antiguos propietarios los bienes que fueron expropiados. Este punto puede ser debatible y, en algunos casos, comprensible. Pero devolver propiedades y reordenar el poder económico no equivale a construir justicia social.
Antes de la llegada de Chávez, Venezuela no era un modelo de bienestar. No existía un sistema sólido de sanidad pública, ni una seguridad social universal, ni una cultura fiscal orientada a la redistribución. Era un país profundamente desigual, donde los ricos eran extremadamente ricos y los pobres, extremadamente pobres. El acceso a derechos básicos dependía más del dinero y las relaciones que de la ciudadanía. Volver sin más a ese modelo no garantiza libertad ni dignidad para las mayorías.
La gran cuestión es qué pasará con quienes han vivido siempre en los márgenes. ¿Tendrán igualdad de oportunidades reales para acceder a un trabajo digno y duradero? ¿Podrán emprender o encontrar un medio de vida legal y estable? ¿O se consolidará un mercado laboral basado en la precariedad, la explotación y la ausencia de derechos? Sin un Estado que regule, proteja y garantice mínimos sociales, el mercado por sí solo no corrige las desigualdades históricas.
Uno de los argumentos utilizados como excusa para justificar la captura de Maduro es la supuesta corrupción estructural del sistema de seguridad venezolano. Sin embargo, la corrupción no es nueva ni excepcional. Ha sido conocida desde siempre, especialmente entre las clases populares. Durante décadas, ha sido un secreto a voces que quien tenía dinero podía sobornar a la aduana para sacar o introducir exceso de equipaje o productos no permitidos. Siempre se supo que el dinero abría fronteras.
Así ocurre con todo lo sobornable. Por tanto, si un cártel de la droga logra entrar en Venezuela, no resulta difícil imaginar que haya sobornado a funcionarios, cuerpos de seguridad o autoridades locales. Tampoco sorprende que pueda adquirir poder en un sistema históricamente permeable a estas prácticas. Esto no convierte a Venezuela en una anomalía mundial, sino en un ejemplo más de una realidad extendida.
Utilizar ahora la corrupción como argumento principal para justificar una intervención o la captura de un jefe de Estado resulta poco convincente. La corrupción ha existido, existe y seguirá existiendo mientras no se transformen las estructuras profundas que la sostienen. Señalarla selectivamente parece más una excusa conveniente que una preocupación genuina por la legalidad.
Además, hay un elemento que rara vez se menciona: el pueblo venezolano se autoprotege. En Venezuela la posesión de armas es legal, y eso ha formado parte del equilibrio social en muchos contextos. Reducir el país a la imagen de un Estado fallido dominado únicamente por el crimen ignora la capacidad de la población para organizarse, resistir y sobrevivir en condiciones extremas.
Por último, tampoco puede obviarse que, por idiosincrasia histórica, Venezuela fue durante décadas un país profundamente conservador antes del chavismo, con élites cerradas y una movilidad social muy limitada. Pensar que un simple cambio de liderazgo o una intervención extranjera resolverá problemas estructurales de desigualdad es, como mínimo, ingenuo.
El futuro de Venezuela no puede construirse solo devolviendo propiedades, cambiando aliados internacionales o capturando figuras políticas. Debe construirse garantizando derechos, igualdad de oportunidades y dignidad para quienes siempre han quedado fuera del reparto del poder. Sin eso, cualquier “liberación” será únicamente un cambio de manos en el poder, no un verdadero cambio para el pueblo venezolano.
Aún con todo, me alegro por las personas jóvenes (venezolanos y venezolanas) que han salido del país huyendo de una muerte segura.
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